El Panóptico digital y el narcisismo

Por Javier de Rivera

Desde que se empezó a reflexionar sobre cómo las nuevas tecnologías permiten la captura masiva de datos de los usuarios, se han desarrollado muchos intentos de teorizar sobre el fenómeno. Una de las primeras reacciones ha sido recurrir al concepto de Panóptico, explorado por Foucault (1975): una carcel en la que los presos saben que pueden ser observados en cualquier momento, aunque no saben cuando se les está mirando, por lo que se autocensuran en su comportamiento. Si bien, rápidamente se instauró la tendencia de negar que el panóptico fuera un modelo válido para el entorno digital.

A modo de ejemplo, Morozov (2011) argumenta que el modelo es más bien una mezcla entre El mundo feliz de Huxley (1932) y 1984 de Orwell (1949) – el segundo más similar a la idea de panóptico -. Así, tenemos las tecnologías digitales como un reclamo de diversión y entretenimiento sin fin, similar a la droga soma de Huxley, y también como una práctica tecnología de vigilancia invasiva masiva.

Vaidhanathan (2011) también propone otro modelo que él llama, cryptonomicon, según el cual los vigilantes quieren evitar que se note que están, quieren espiar sin que nadie se dé cuenta de que lo están haciendo. Quieren que los espiados se comporten del modo más natural y espontáneo posible – por eso todas las llamadas a usar las redes y tecnologías sociales para “compartir con la gente que quieres las cosas que de verdad te importan” (Facebook IPO 2010) y cosas similares. De ese modo, la información que obtienen sobre nuestros gustos, necesidades, preocupaciones e intereses puede servir mejor para diseñar productos, preparar campañas publicitarias, o incluso para maniobras políticas (como la campaña de Obama 2012).

Ahora las filtraciones de Snowden sacan a la opinión pública con gran impacto el amplio margen de vigilancia al que estamos expuestos. Aunque también es cierto que filtraciones y denuncias anteriores ya tenían advertidos a todos lo que se habían interesado alguna vez en el tema, si bien ni había evidencias tan claras. Algunos analistas de estas recientes filtraciones, como David Soar, nos informan de que en realidad las agencias gubernamentales solo espían a unos pocos, como menos de 0,01% de los usuarios de Facebook y son capaces de captar menos del 1,6% del tráfico mundial de datos en Internet. Lo cual no deja de ser grave si pensamos que todo político medianamente relevante puede estar bajo escrutinio constante: el artículo de Soar en London Review of Books cuenta que Peña Prieto, el actual presidente de México, fue intensivamente espiado por estas agencias durante la campaña – y más allá.

Sin embargo, esos datos pueden hacernos sentir tranquilos al resto – mientras no hagamos nada “importante” que pueda captar la atención de las agencias. Así se consigue el efecto disuasorio del Panóptico, invitándonos a la autocensura en la producción y consumo de contenidos que pensamos que pueden atraer la atención y el interés de la agencia, mientras que el resto de comunicaciones de menor importancia se considera libre de espionaje. El efecto panóptico es, por lo tanto, bastante claro.

Si bien, lo cierto es que el mundo de las comunicaciones digitales ofrece mayor complejidad que una cárcel para disciplinar a unos pocos cientos de presos. Sin embargo, esta mayor complejidad es más una evolución del panóptico, más que un modelo totalmente nuevo y diferente. Aunque es cierto que incluye otros factores, como el entretenimiento sin fin del que hablábamos, o los cientos de mecanimos ocultos desde los que podemos ser espiados (criptonomicon). Si bien, la mayor novedad es que el modelo de vigilancia digital es global, multiplataforma y multipropósito: afecta a toda la población con acceso a tecnologías digitales, en cualquiera de sus formas y plataformas y sirve a (y es servida por) diferentes actores – empresas tecnológicas y de marketing, y a agencias gubernamentales de todo tipo.

El Narcisismo
Este incremento de la complejidad y alcance del sistema le proporcion al panóptico digital interesantes nuevas funcionalidades, que son obviamente reforzadas por los medios de soporte ideológico del panóptico. Una de las más interesantes es la acusación de narcisimo a todos los preocupados por su privacidad, como si eso implicara que la persona se considera a sí misma lo suficientemente importante como para que le espíen. De ese modo, lo que es un claro síntoma de esquizofrenia paranoide (delirio de grandeza + ilusión de ser espiado) se transforma en una etiqueta muy a mano para todo aquél que se preocupa por lo que es un evidente sistema masivo de vigilancia.

La acusación de narcisismo es un complemento del “no hay ningún problema si no haces nada malo”, que le da al Gran Hermano la función de juez de lo que es “malo” – aunque ya haya varios ejemplos de malos usos de la información por parte de técnicos de compañías tecnológicas (como espiar a ex-novias), y por agencias (como espiar a un candidato democrático).

También se acusa con bastante enjundia de narcisismo a las personas que se enfrentan públicamente con la maquinaria de espionaje mundial: Manning, Assange y Snowden son todos narcisistas que se creen que van a cambiar el mundo, pero lo que hacen es poner en peligro la libertad y seguridad de los ciudadanos. Incluso Greenwald es un narcisista que lo único que quiere es hacerse famoso. Todo aquello que se salga de la aceptación pasiva del espionaje y la negación de la propia capacidad para introducir cambios o discusiones relevantes en el mundo, se convierte en una evidencia de narcisismo imperdonable.

De todos estos personajes, probablemente Assange es el que más se ajusta a esa crítica narcisista de idealización de sí mismo – más por los comentarios de sus antiguos compañeros que por la parte exterior de sus actos. Pero, también son narcisistas presidentes y gobernantes de todo tipo, los directivos de las compañías tecnológicas, los CEOs de todo tipo, y cualquier otro grupo de personas que tienen algún impacto en la sociedad.

Como dice Vaidhanathan, la soberbia es uno de los peores males que aqueja especialmente a los tecno-optimistas que creen que la tecnologías – que ellos producen – puede cambiar y mejorar todos los problemas del mundo. La soberbia es tan antigua como la historia, la línea que separa la imagen idealizada y exagerada de uno mismo, de la autovaloración y el autorespeto puede ser difusa. Sin embargo, en esta nueva argumentación ideológica, la línea se mueve artificalmente al lado que más interesa para acusar al subversivo de narcisista, y retratar al empresario tecnofilo como genio.

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One Comment

  1. admin
    Posted February 5, 2014 at 5:28 pm | Permalink

    Este comentario ha sido editado a partir de los Tweets de @FrancescLlorens en sus #reflexiones al hilo de este post.

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    El fin de la privacidad adviene por hiperobservación, por obscenidad de la mirada y, paradójicamente, por la transparencia de los datos. Y ocurre de esta manera: con cada dispositivo que adquirimos, con cada Google Glass que será vendida, cada uno se convierte en el ojo de todos, y el ojo de todos en el de cada uno. Así, en un monumental panóptico, el sistema se sirve del vigilado como vigilante, alcanzando así el paroxismo de la efectividad, la pureza de lo performativo. Bajo la apariencia de transparecia, el sistema ya no te vigila, como en la era del Gran Hermano. Ahora se sirve de ti como vigilante de su propio funcionamiento. El sistema se vigila a sí mismo.

    El alborozo con que, desde las economías del conocimiento, el marketing y también la educación, se acoge hoy la conversión de la totalidad de lo real en DATO es ideológicamente sospechoso y debe ser contrapunteado críticamente. ¿Qué significa en realidad eso? ¿Cómo se nos ha embelesado para converger en una ecología del espionaje global en la que somos a la vez espías y espiados? ¿Y que, además, lo hagamos con tal placer y solaz, incorporando a nuestro trabajo los mecanismos para generar todos los datos posibles? ¿Qué responsabilidad tiene la propia mirada digital en la delación de todos los comportamientos susceptibles de ser castigados?
    En el sentido foucaultiano de ‘castigo’.

    Cuanto más miramos menos vemos, pero, paradójicamente, la visibilidad global, eso que pudiera llamarse, la función de visibilidad, aumenta. Producimos tantos árboles que no vemos el bosque, aunque éste se comprende cada vez más perfectamente a sí mismo.

    “Somos idiotas, nena, es un milagro que podamos siquiera alimentarnos”, cantaba Bob Dylan.

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    Links a algunos de los tweets: https://twitter.com/FrancescLlorens/status/431058621263142912
    https://twitter.com/FrancescLlorens/status/431058621263142912

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