Una historia sobre tecnología y formas de ciudadanía

Por Javier de Rivera

280px-Metro_de_Madrid_-_Ventas_01Vuelvo de una entrevista sobre el experimento de desconectados para la Televisión Canaria, en la que hablamos de como las redes sociales y nuevas tecnologías afectan la forma de socialización de los jóvenes en su grupo de iguales, especialmente de los adolescentes que no conocen una realidad tecnológica anterior. Amenudo se habla de “nativos digitales” como dando por sentado que tienen una habilidad especial para las nuevas tecnologías. Lo cual solo es cierto a nivel usuario – asumiendo que sus padres les faciliten el acceso a dispositivos tecnológicos – porque para entender la lógica de las tecnologías no basta con ser jóven, es necesario tener educación especializada y medios para aprender, lo cual es un recurso cada vez menos común.

Al salir de la entrevista, me comenta el técnico que su hija de 13 años quiere que le compre un móvil y él se resiste, cree que es demasiado pronto, que no lo necesita, aunque todas sus amigas lo tienen. Tiene que ser duro tener 13 años y ser la única que no tiene móvil. Pero creo que su padre tiene razón, ninguna de ellas lo necesita, aunque todas lo quieren y muchas ya lo tienen. Cuando todo el mundo – al menos tu grupo de referencia – tiene algo, se hace necesario para estar integrado socialmente.

 

En el metro, cuando me voy a subir al vagón, me encuentro de frente con un gran grupo de chicas adolescentes (de unos 13-14 años) que discuten animadamente y se resisten a bajar del vagón, pero al final bajan y siguen discutiendo en el andén, como ausentes a lo que sucede al rededor, centradas en “su mundo” social. Me siento dentro del tren, contrariado y curioso. “¿Que les pasa?” le pregunto a un señor y una señora que estaban enfrente, y que no iban juntos, a pesar de que estar los dos claramente al tanto de lo que pasaba con las chicas.

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Me explican que se han olvidado de una de sus amigas en otra estación, que se han dado cuenta de repente y estaban discutiendo qué hacer. Que la amiga era la que menos conocía el metro, que no tenía móvil y que estaba sin dinero. No tenía móvil! Lo fácil que hubiera sido llamarle… Al final deciden que tienen que volver a por ella, todas juntas y por eso estaban tan alborotadas.

Me imagino a la adolescente, “deprivada” de su movil e incapaz de comunicarse, esperando sola en la estación… Supongo que la chica estará bien, Madrid no es una ciudad peligrosa, además hay seguridad y trabajadores del metro por todas partes. Seguro que está esperando cerca de la entrada. Las amigas volverán, la encontrarán y todo irá bien.

Mientras tanto yo sigo hablando con el señor y la señora. La señora se baja. Se me ocurre preguntarle al señor por los toros, había cogido el metro en Las Ventas justo al lado de la imponente plaza arabesca, y el señor tenía edad de gustarle el toreo. Pero no le gusta, le parece un espectáculo cruel. Le digo que a mi tampoco, que es para una amiga que está de visita. Su hijo también lleva a grupos de extranjeros a los toros, pero él no entra. Tampoco le gustan. Y lo mismo con el fútbol. Les lleva a ver los partidos, pero él se queda fuera. Al señor tampoco le gusta el fútbol como espectáculo, aunque si le gustaba jugar, jugó hasta los 51. A mi tampoco me gusta el fútbol.

Llegamos. Vamos a la misma estación. Se levanta y dice con sarcasmo: “ya estamos en Vodafone”. Vodafone Sol, sí, manda huevos. “Yo a Vodafone no les compro nada”. Es el primer extraño con el comento lo ofensivo que es el cambio de nombre de la estación más importante y céntrica de Madrid. Corporaciones tomando los símbolos de la ciudad. Nos despedimos.

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Una nueva forma de ciudadanía

Las nuevas tecnologías promueven nuevas formas de ciudadanía. Cambian el modo en que interactuamos con conocidos y desconocidos, y afectan al modo en que vivimos en comunidad, a nuestra práctica cívica. La tecnología móvil nos permite estar en contacto con cualquiera en cualquier momento, tener información personalizada, actualizada e instantánea de cualquier asunto. Directamente en la palma de nuestra mano.

Esa abundancia informativa y comunicacional promueve formas de ciudadanía asépticas, lógicas, planificadas, cuantificables. Cuando hay ausencia de tecnología – falta el móvil, el dinero o el conocimiento del metro – surgen los imprevistos, los problemas que tenemos que solucionar hablando, deliberando, decidiendo en común. Las adolescentes tuvieron que hacer una mini-asamblea para tomar una decisión. Con un móvil, el problema se hubiera solucionado solo. Yo tuve excusa para hablar con dos desconocidos y quizás la chica que se quedó sola tuvo oportunidad de hablar con alguien mientras esperaba, o al menos, pudo sentir la necesidad de saber valerse por sí misma en la ciudad: preguntar a desconocidos, leer mapas…

Cuando no tenemos la pantallita a la que mirar, estamos menos dispuestos a mirar, reconocer y hablar con los demás, con esos desconocidos con los que compartimos el metro, la calle, la ciudada… La pantalla nos conecta a nuestras redes de contactos, pero nos desconecta del resto de con-ciudadanos.

Epilogo romántico. 

Cuando hago transbordo me siento al lado de un hombre de unos 40 años. Miro su pantalla. Tiene un móvil de esos con pantalla gigante. Leo “… mi amor”, ¿cómo? “Son muy bonitas las fotos, mi amor”. Le acaban de enviar unas fotos y está respondiendo. Le responden con corazones o besos. La conversación continúa. El clásico teasing romántico, más o menos vacío. Un juego al que todos hemos jugado, pero que ahora me parece absurdo. Igual es porque no me gusta el fútbol. Igual es porque entre mensaje y mensaje, el hombre mira al vacío, esperando respuesta. Una espera insustancial. Igual es porque no parece muy entusiasmado. O quizás lo lleva por dentro, aguantando las ganas que tiene de volver a ver a su amada, y el teasing telefónico es parte del ritual para mantener la llama viva. Pero no parece contento.

Soy un mirón. No tengo vergüenza. Tampoco a él parece importarle. Después de todo, son casi mensajes estandar. Él es yo escribiendo en otro momento. Él y yo, y su amante y la mía, somos sujetos estandar ejecutando programas estandar propuestos por nuestra naturaleza tórrida básica en colaboración con dispositivos tecnológicos que quieren explotarla.

Prefiero estar perdido en una estación rodeado de desconocidos.

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